Los 21 días que han pasado desde que las 67 personas huidas de Gaza llegaron a Badajoz han conseguido hacer nacer pequeñas sonrisas en sus caras al oír un comentario amable. En sus rostros se refleja el descanso de quien lleva ya varias semanas fuera de la zona de conflicto. Sin embargo, el dolor se asoma a los ojos de Shaymaa Hamadcuando anuncia que no tiene posibilidad de contactar con la familia que aún le queda en Palestina y recuerda que su casa ya no existe. «Sé que le ha caído una bomba. Ahora sí que no tenemos nada. Tampoco posibilidad de sacar el dinero que teníamos en Gaza metido en el banco», explica esta madre de familia.

Este es uno de los problemas a los que se enfrentan las 13 familias hispano-palestinas que hace tres semanas llegaron a Badajoz. El otro, la burocracia: quieren arreglar los papeles de los miembros de su familia que pudieron salir del país pero que no tienen, como ellos, la nacionalidad española. «Nadie nos dice nada». 

Shaymaa explica que, sin dinero, es difícil poder hacer una vida normal. «No está siendo fácil para mi familia. Me preocupa especialmente que los niños no están en el colegio. Todo se ha parado para nosotros: no tenemos dinero, no tenemos nada... los pantalones que lleva mi hija se los ha mandado su tía, por ejemplo». Llevando el agradecimiento por bandera, Shaymaa expresa su profundo deseo de «salir de este lugar» -dice, en referencia al albergue de El Revellín, donde todos conviven desde el 17 de noviembre asistidos por Cruz Roja-. «Yo no quiero más que una casita pequeña. Dos habitaciones y un baño para mi familia, nada más. Que los niños vayan a aprender y nosotros, a trabajar. Lo deseo de verdad». Sus hijos tienen nueve, seis y un año y medio. 

«Los chicos de Cruz Roja organizan talleres y juegos para entretenerlos pero está siendo duro para ellos también», explica Amelia, que está en el albergue con varios de sus hijos y nietos. «Dentro hay casi 20 niños de todas las edades». Esta mujer explica que actualmente su día a día se basa en esperar. «Desayunamos y solo queda esperar a que llegue la hora de la comida. Después, igual con la cena. Yo soy mayor y con el tiempo como está, me paso el día metida en la habitación. Solo quiero que acabe la incertidumbre de qué va a pasar con nosotros», afirma.

Amelia, a las puertas del albergue. ANDRÉS RODRÍGUEZ

Cuando salió de Gaza, Amelia -madrileña de nacimiento- dejó atrás su casa y a su marido, que no quiso salir de su país. «Está siendo muy duro porque no puedo saber de él. Sé que mi casa la han quemado hasta los cimientos. Ahora mi marido ha huido y vive en una tienda de campaña en otra zona, así que no podemos hablar. Mi hija contactó con él por internet hace unos días y le dijo que estaba bien, pero sé que no es verdad. Lo dice para tranquilizarnos». 

Amelia explica que la situación económica de su familia es complicada. «Yo cogí algo de dinero antes de salir del país pero ya no queda nada. Lo que teníamos en el banco no lo podemos sacar porque los han bloqueado. Yo no tengo nada aquí, ni mi marido allí. La situación es inhumana. Este abrigo, por ejemplo, se lo trajo Cruz Roja a una de mis nietas y también me vale a mí».

Un futuro en Badajoz y Madrid

Amelia y Shaymaa tienen familia en Madrid. A la primera le quedan hermanos allí, amén de otros dos hijos. La segunda tiene a su cuñada. «Nosotros querríamos irnos para allá porque es más fácil vivir estando cerca de la familia. Badajoz y Madrid no están lejos, según nos dicen, pero tampoco cerca», se justifica Shaymaa.

A Amelia vinieron a verla sus hijos hace dos días. «Fue complicado porque en el albergue no puede entrar nadie que no sea de Cruz Roja o del grupo». Con ellos llegó algo de dinero para poder hacer vida en Badajoz «mientras la situación se nos soluciona». 

Otras personas del grupo, sin embargo, se han acomodado a vivir en Badajoz. Salen y entran del albergue, hacen vida en San Roque y les agrada la ciudad. Es el caso de Salah, que huyó con su familia gracias a la nacionalidad de su mujer. Hace 21 días no entendía ni una palabra de castellano. Ahora dice «hola, buenos días», «espera, por favor» y «estoy bien, gracias». Desde su llegada a la ciudad, intenta estudiar castellano a través del móvil y preguntando sus dudas a otras personas del albergue. Le cuesta arrancarse a hablar pero entiende algunas frases. «A mí no me importaría vivir en Badajoz. Lo que quiero es llevar a la niña al colegio y poder estar tranquilo. Arreglar los papeles para poder vivir», dice. 

Alrededor de las doce de la mañana, Salah sale con su mujer y su hija del albergue para dar una vuelta por Badajoz. «Los más jóvenes ya conocen a algunos tenderos del barrio y tienen su ruta diaria del paseo», explica Amelia. «De algún modo, es buscar normalidad aunque no la haya».