Estaba en el funeral, tan emocionado que ni al llegar ni al marcharse quiso detenerse con ningún conocido. Sabía que no podría contener las lágrimas. Después contó que no llegó a tratarla personalmente. Pero la había leído. Admiraba su trabajo y ha sentido muchísimo su muerte. Quiso estar en su despedida. La iglesia de San Juan de Ribera estaba llena. Muchos amigos se quedaron en la puerta. Algunos porque no cabían dentro y otros porque no eran capaces de permanecer en el interior, viendo al fondo el ataúd, en el que se la llevarían para siempre.

Amigos y compañeros. Del Diario Hoy, donde desarrolló la mayor parte de su carrera profesional. Del Carnaval, porque era carnavalera, una fiesta que disfrutaba desde dentro y que respetaba desde fuera, con pasión, como todo lo que hacía. Con lo complicado que es conquistar al colectivo carnavalero sin distinciones. Ella supo hacerlo, de manera tan sincera y generosa, que logró lo que tantos otros de la profesión no han conseguido por mucho que lo han intentado: respeto y complicidad. Amigos de la Semana Santa, que tan bien conocía. De la política municipal, de todos los partidos. De los barrios que pisó y de los que escribió. De las asociaciones a las que escuchó y apoyó. Amigos con los que disfrutó y compartió vida y sonrisas. Miriam siempre sonreía y reía a carcajadas.

Muchos amigos y muchos compañeros. Quienes tuvieron la suerte de conocerla la echan de menos. En esta profesión tan denostada en demasiadas ocasiones, en la que es fácil canjearse enemistades disconformes con la información publicada, es digno de reconocimiento que una periodista concite tanto cariño y admiración al mismo tiempo, por su compromiso y su rigurosidad. Su trabajo era respetado. Miriam era una reportera de vocación. Sabía escribir, sabía contar y sabía emocionar. Su empatía la hacía partícipe indisoluble de las noticias que firmaba.

Badajoz es una ciudad relativamente pequeña en la que el trabajo periodístico se desarrolla codo con codo entre los profesionales de los distintos medios de comunicación, que coincidimos a diario en los mismos sitios en convocatorias de prensa y en los lugares donde ocurren sucesos y noticias inesperadas. Como en todos los trabajos, unos se llevan mejor y otros no tanto. En muchas ocasiones nos ayudamos y compartimos fuentes e información. Pero la competencia existe, es real y hay quien la lleva a rajatabla. Sobre todo es perceptible entre los dos periódicos regionales. Los redactores de calle de uno y otro nos mostramos recelosos a la hora de adelantar información exclusiva. Podemos tomar café juntos pero a la hora de poner en pie nuestro trabajo aparece una barrera que nos separa porque quien da primero da dos veces. Con Miriam no había barreras sino compañerismo y franqueza. Como en todas las facetas de su vida era transparente y sincera. Si necesitaba algo, lo pedía: un teléfono, unas declaraciones o una aclaración. Y al contrario, los ofrecía sin pudor, con naturalidad y generosidad. Por encima de todo somos compañeros, curritos de sueldo ajustado que intentan cumplir con su obligación lo mejor que pueden y les dejan, periodistas en una capital de provincia donde casi todo el mundo se conoce, más cuando coincides a diario en los mismos sitios y donde la agenda -el caché de esta profesión- compartida se enriquece.

Siempre es pronto para la despedida. Nunca es el momento de dejar esta vida, la única que tenemos. En el caso de Miriam, demasiado pronto y demasiado rápido. Ha pasado un año desde que empezó a sentirse mal. Nadie estaba preparado para un desenlace tan repentino. No ha habido resquicio para la esperanza. Le habría encantado todo lo que se ha dicho y escrito sobre ella tras su muerte. Nos ha dejado un legado precioso: su recuerdo y su trabajo. Pero nos quedamos con ganas de más, de bastante más. Aún tenía mucho por contar. Nadie como ella.