La rampa de Biblioteconomía. Cuestión previa: Facultad de Ciencias de la Documentación y la Comunicación. A veces, la economía de las palabras impide la corrección informativa cuando no sustenta la ignorancia superlativa. Escrito esto, centrémonos en el asunto. He usado durante lustros la dichosa, angosta, horrorosa y estúpida rampa de la Alcazaba yendo a un entorno que cuando éramos pequeños conocíamos como el Castillo. He visto los nichos de las ermitas, la sala de autopsias, he visitado enfermos en el Hospital, conozco el interior de Santa María, vi cómo se levantaba el Museo y La Galera acogía un auténtico cementerio de piezas arqueológicas. Son muchos los avances realizados en nuestra mayor joya monumental, aunque insuficientes, porque, en realidad, da la sensación de que avanzamos demasiado lentos, con numerosas cortapisas y, como siempre, escasos de dinero. Así, hemos llegado a una Alcazaba que, aunque más visitada y conocida que hace treinta o cincuenta años, sigue siendo una de las grandes asignaturas pendientes de una ciudad a la que le está costando mucho comprometerse con su mayor tesoro. Desde luego, no han colaborado en exceso las instituciones, pero tampoco los ciudadanos ensuciándola, degradándola y despreciándola, aunque, puestos a repartir culpas por su deterioro, quisiera incluir, también, a los integristas del patrimonio, a esa pléyade de todólogos que juegan con ventaja y dan lecciones de aficionados a distancia. Sobran integristas que, a la hora de la verdad, no hacen más que poner pegas, ser más papistas que el Papa con sus aficiones arqueológicas o históricas e intentar imponer sus argumentos en detrimento de los especialistas y técnicos en la materia que jamás planifican a posteriori, sino corriendo el riesgo de los imprevistos que, en ocasiones, conducen a errores. Todo el mundo sabía que quitar esa rampa traería cola por lo que hay debajo y, tal vez, dejar las cosas como estaban hubiera sido lo más fácil. Arriesgarse era exponerse a la paralización de las obras, modificación del proyecto, protestas de los de siempre porque no les gustará nada de lo que se decida y, una vez más, la sensación de que falta valor para acometer una verdadera rehabilitación. En esas estamos. Ante tanta confusión intelectual y si tanto interés tienen algunos en alcanzar los cielos, propongo que para recuperar la supuesta última mezquita allí enterrada y la medio ciudadela junto a ella, arrasemos con la Facultad, la Biblioteca Regional, el depósito de aguas, el Museo y lo que haga falta y empecemos a excavar en serio para poner en valor lo que hay allí debajo. Y si eso parece una barbaridad, olvidemos los egos, compartamos la propiedad de la verdad, viajemos un poco (Almería, Málaga o Pamplona, por no ir más lejos), dejemos las lecciones para el colegio y convirtámonos en auténticos defensores de Badajoz y no en los miembros del Badajoz cansino que solo desean que esta ciudad se eternice en la mediocridad.