Este año, como novedad, el jurado del Concurso de Murgas de Badajoz (Comba) puntuará el gracejo del que hagan gala las agrupaciones y también que en sus repertorios aborden asuntos locales. El gracejo es la gracia de las letras, el chiste, el juego de palabras, la guasa, la sátira, la burla inteligente, la sorna y el humor. El gracejo debería ser una característica innata en las coplas de las murgas. Pero desafortunadamente la evolución del concurso ha derivado en que se vaya perdiendo esta característica que hace atractiva su actuación para el público en general, que es a quien pertenece el Carnaval, no solo a los seguidores incondicionales que escuchan pendientes de descubrir el más mínimo atisbo de plagio en la melodía de una murga rival.

Las murgas deben ser graciosas y ocurrentes, algo que se ha ido perdiendo a lo largo de los años y que fue una seña de identidad del Carnaval de Badajoz en su origen. Lo dijo hace unos días Jesús Movilla, fundador e integrante de Ad Libitum, toda una institución que en 2018 colgó las turutas tras 35 años haciendo gala de unas ganas de Carnaval que estaban por encima de una fiesta encorsetada.

Movilla forma parte del jurado del próximo concurso de murgas, que está al caer, pues la fase preliminar comienza el 6 de febrero. Este año el ayuntamiento ha querido presentar a los integrantes de los jurados, por aquello de que la fiesta tiene interés turístico internacional y hay que dar vidilla al programa. Movilla habló de la evolución del concurso de murgas, recordó los primeros años, cuando cantaban en el teatro Menacho y el repertorio estaba formado exclusivamente por tres canciones: el popurrí de presentación, otra para tocar temas locales y una tercera con asuntos nacionales. Ahora las bases del concurso ocupan 18 páginas y las murgas participantes están obligada a seguir un orden: puesta en escena y presentación, pausa, primer pasodoble, pausa, segundo pasodoble, pausa, cuplé, estribillo, cuplé, estribillo, pausa, y popurrí. Movilla apuntaba que en su origen el concurso intentó crear una identidad propia, sin tantas exigencias ni obligaciones, pero desgraciadamente aquellas intenciones se quedaron en el limbo y el certamen se fue acercando más y más a Cádiz. Este murguero clásico da ahora la bienvenida a que en el Comba se puntúe como novedad el gracejo porque, en su opinión, esa debe ser la esencia: el cachondeo, la crítica mordaz y, por supuesto, que se cante a asuntos de ámbito local, que el público sienta cercanos, interpretados con ingenio. Puntuarlos puede ser la manera de motivar el cambio de ruta del concurso que, como también dijo Movilla, se ha ido convirtiendo en un «musical», con grupos que más que murgas parecen corales y espectaculares escenarios que obligan a dedicar pausas interminables entre actuación y actuación.

Quizá falten más cambios para que el concurso regrese a su origen y recupere matices que lo doten de identidad propia. Badajoz y su Carnaval han conseguido posicionarse con un título internacional. El reconocimiento es un acicate y ahora debería trabajar en potenciar sus elementos distintivos, todo aquello que lo hace diferente y atractivo. Si más de la mitad de las comparsas que desfilan el domingo son de otros municipios, apoyar a todos estos grupos, los de fuera y también los de dentro, para que sigan aportando imaginación año tras año a este despliegue de colorido y percusión con el que Badajoz se distingue realmente de otras fiestas de Carnaval. Las comparsas, los grupos menores y, por supuesto los artefactos, en los que no se escatiman detalles, ingenio y sobre todo mucho esfuerzo. Todos ellos han sabido crecer y reinventarse para convertirse en la imagen que verdaderamente diferencia el Carnaval de Badajoz. Como el Carnaval de calle, que ha recuperado a los grupos de amigos que se ponen de acuerdo para disfrazarse sin más aspiración que compartir diversión en el paseo de San Francisco. Esa calle que no merece quedarse sin música. Cuando una fiesta moviliza a tanta gente y tantas actividades las normas son necesarias, pero deben ser un sostén, no una jaula. Aplicando el significado de la expresión latina ad libitum que la murga adoptó como nombre: la libertad encuadrada en un orden. «Aquí Ad Libitum, señores...».