Quietos paraos, tranquilos, que no cunda el pánico, perdónenme, que no van por ahí los tiros. Vivo en un mundo en el que ya no hay certezas sino cancelaciones. Que no, que los dioses retengan mis palabras, que los calores otoñales derritan mis intenciones, solo soy un pobre diablo cargado de melancolía y dispuesto a asumir que quien piensa contrario a lo que yo pienso, es persona de bien y está en lo cierto y que yo no soy más que un ignorante, un desgraciado, un apátrida y, por supuesto, un facha, un contrario, un revolucionario de pacotilla, un ministro sin cartera, una cartera sin billetes ni monedas, una moneda falsa, un falso ciudadano, un ciudadano de segunda, un segundón de primera. Bufff, que por aquí no quería que fueran los tiros, sino por una explicación y una solicitud de perdón. Explicación de por qué quiero expresarme, con miedo, desde luego, sin intención de convencer a nadie, lo tengo claro, sin más esperanza que la de verme relegado, algo ya asumido. Soy un número, un registro, un voto mal emitido, una voz quebrada, un pensamiento equivocado, pero soy, al fin y al cabo, un tipo que paga sus facturas, un tontaina que en vez de meterse a político de los que mandan, paga sus impuestos. Y menuda es la pegada. ¿Quieren que les diga cuántos meses trabajo para el resto? Venga, me callo, pero que sepan que, como todos, aunque no todos con lo mismo en el puchero, cada mes pago hipoteca, coche, gasolina, luz, gas, agua, un porrón de seguros, incluido el de los muertos, el carro de las medicinas, las tres o cuatro asociaciones a las que pertenezco, un poquito de ocio, pero poco, no nos vengamos arriba, la cuota del Pirulo y, de vez en cuando, incluso como. Y se esfuma el dinero. El ahorro se pierde, diría el replicante, como lágrimas en la lluvia. Nunca mejor dicho lo de lágrimas, porque no queda ni para limpiar el trastero a ver si sacamos algo para el mercado de los sábados. A mí casi que me importa un pimiento que los malos ahora sean buenos, que, como en una arcadia feliz, hagamos una catarsis colectiva y, mirando para otro lado, pensemos que lo que fue no fue y cuanto sucedió, nunca pasó. Vale, de acuerdo, pero, puestos a perdonar, condonar, disimular y enterrar delitos, orgías y otras transgresiones, me cuesta, volvamos al bolsillo, aceptar que, a mi costa, encima se le regalen los 450.000 millones que malgastaron en sus algaradas y otras coheterías varias. Porque, a ver, los del manifiesto, los que nunca han dado un palo al agua y triplican o cuadruplican mi sueldo, ¿de dónde vais a sacar lo que demanda el fugado, de vuestro sueldo, quizás, o de nuevo regresáis al mío que ya no da ni para una casa en la playa, algo sencillo, como la vuestra? A mí, ya lo único que me molestan son las perras y a esas no hay ninguna ley animalista que las defienda. Líbrenme, por Dios o por el aberrante monstruo en el que ustedes crean, no solo de esta sangría, sino también de los impuestos que nos abrasan, de las multas que nos ciegan, de las sanciones que nos atenazan, de la mediocridad intelectual de la que se jactan y de todas esas medidas socioporculeras que no son más que brindis al sol con los que un puñado de engreídos multimillonarios pretenden comprar nuestro silencio. Y para que vean que soy bueno, no escribo la palabra prohibida, solo en el título como gancho, y clamo, portándome bien: por favor, señorito, deme algo pami niños y remiende mis bolsillos.