De todos los lugares por los que pasó la comitiva, tanto Baldi como Magalotti dejaron en sus grabados y en su relato detalles inapreciables. Fueron apenas destellos, porque la rapidez con que se movió el futuro duque de Toscana no daba para más. Y, desde luego, admira la agilidad con que el primero de los citados tomó los apuntes para, de vuelta en Florencia o en alguna etapa más prolongada del mismo viaje, concluir los retratos -se puede hablar en esos términos, comprobada su exactitud-. Quizás Badajoz fue el lugar de Extremadura donde más se detuvieron. No puede decirse que el desfile de autoridades y personajes locales interesados en cumplimentar a tan prominente visita dejasen a don Cosme mucho tiempo libre. ¡Es lo que tiene la fama! Él apenas pudo ver nada, pero sus acompañantes sí. Baldi dejó una estupenda representación de la ciudad. Quizás la más exacta de cuantas poseemos antes de la aparición de la fotografía, porque no se trata de un plano, como es frecuente en la rica colección de los levantados en diferentes momentos por ingenieros militares. Ni tampoco es como las estampas dibujadas después de la Guerra de la Independencia. Prima en éstas lo romántico y suelen ser idealizaciones. Tomadas a vuelapluma -o escuchadas de terceros- y completadas con buenas dosis de fantasía. No son, con excepciones, de fiar e insisten en representar la plaza desde la otra orilla del río Guadiana.

Baldi no hizo eso. Todo lo contrario. Se colocó en un punto, en apariencia elevado, por lo que es el actual barrio de San Roque y trató de representar, forzando la perspectiva, una vista panorámica meridional y, en parte, oriental. Apenas se atisba el flanco occidental y queda oculto todo el norte. Solo se distinguen, con dificultad, algunos edificios elevados y el fuerte de San Cristóbal. Sé que es difícil seguirme sin una lámina donde cotejar cuanto escribo. Alguien tuvo la buena idea -por fin una, entre las de tanto aficionado a la historia local- de reproducir el grabado en un mural de azulejos. Véanlo en la calle Francisco Pizarro, esquina a la plaza de la Soledad. La copia se hizo con bastante delicadeza y fidelidad. Y, por supuesto, para los días de lluvia: ¡siempre nos queda Internet!.