Se acerca el puente y los aeropuertos están a punto de llenarse, de estresarse recibiendo oleadas de viajeros. Esa imagen lleva estampada la música de Love Actually. Y uno siente la necesidad de abrazar y recibir, de acoger a los que están lejos. De cada rincón de España salimos del trabajo el día antes con la maleta hecha y el billete entre los dientes, apresurados siempre, en busca del Dorado. Hablo con amigos que viven en el Norte del Norte, y me dicen que está nevando. Pienso en Canadá, inmenso, casi perfecto, en los alces y las ballenas en los bosques blancos, en el mar helado. En Rockefeller Center están van a encender las luces del árbol que preside la pista de hielo. Los escaparates de Saks contarán cuentos a los niños y a quienes no podemos dejar de mirarnos reflejados en el cristal, tan chicos de nuevo. Central Park estará blandamente deslumbrante, como los copos, que caen amorosos. Da gusto verlo así, subirse las solapas, hundir las manos en los bolsillos, mirarlo con los ojos de Woody Allen y decirle piropos, tarareando una canción de Cole Porter. Un grupo del Ejército de Salvación, en la esquina de Saint-Patrick, canta los primeros villancicos, en las manos llevan partituras y velas que alumbran el camino para quien busque salvarse. En Londres, Harrods vende latas de galletas de mantequilla que al abrirlas despiden aroma de Jingle Bells. La niebla viste los paseos hasta Trafalgar Square y se despeja ante Saint Martin in the Fields. Allí, en sus catacumbas, se reparte comida para los necesitados y siempre hay un té caliente para quien, simplemente, necesita algo de calor en su vida. Otros vuelven a París. A enamorarse de nuevo, a engalanarse de amor y luz, a extasiarse ante su belleza conocida como si fuera la de una antigua novia que luce siempre mejor que en nuestro recuerdo. Los hay quienes se alejan buscando el calor. El sol curativo. La alegría reflejada en el mar. Y las playas abiertas, desnudas, la arena que se da para al pie, que nos esperaba, que nos dice ven, el paseo que no se acaba. Las sardinas, las ostras, los erizos incluso sin limón, el sabor a agua salada. Después están los que de vez en cuando elegimos quedarnos. Desde mi Extremadura bonita, me gusta aprender y recorrerla y buscar y encontrar. Me hace feliz descubrir caminos poco transitados, el primer aceite, el olorcito de chimenea y fuera a tierra mojada. La tierra. Sin aspavientos. Sin necesidad de marketing. Pura. Rica. Anclándonos. Un dulce de convento. Un guiso que solo se hace en ese pueblo. El Guadiana hacia Portugal, baja como dicen que hablamos nosotros, como cantando. Por eso les invito a quedarse, a viajarse, cerca. Y también a desplegar los Atlas físicos e imaginarios, a limpiar los oídos y las gafas para escucharse y para escuchar los gorjeos de los aguanieves en las encinas, salir a coger espárragos y pararse. Sin nada más que hacer que mirar. Disfrutando de la pausa. Del silencio perfumado del otoño. De la vida. Tan apasionante. Aunque sea sin salir de casa.

*Abogada