Pelear por estas calles antiguas es como correr en una rueda de hámster, sin llegar a lado alguno, siempre cuesta arriba. Es perder el fuelle por cruzar una meta que no puede alcanzarse porque nadie la situó en el plano. Es desgastarse las suelas, y hasta el alma, en una absurda carrera en la que, más allá del anodino carrete, espera la jaula. No hay salida.

Y es que, en esta lucha desigual, en la que a un lado están los ciudadanos y al otro el responsable político de marras, unos ponen el aliento y el otro los barrotes de la celda.

Así sucedió cuando nos atrevimos a presentar más de mil quinientas firmas con las que conmover al delegado del Gobierno para que normalizara las condiciones de seguridad perdidas en este barrio, y de él logramos que anunciara un plan de acción que, un mes después, resultó ser una estadística, una palmada en el lomo y la decisión de que no habría plan porque no era necesario. De igual modo, la concejala delegada de la Policía Local echaba cuentas similares: no había nada reseñable, nada nuevo, según sus estadísticas, claro. «No caigan en el alarmismo —nos decían desde el ayuntamiento—, lo de ustedes es un problema muy localizado en una pequeña porción de un enorme barrio donde estamos haciendo las cosas de lujo; así que aplaudan, agradezcan y esperen. Lo de ustedes, estimados conciudadanos, es su asquerosa normalidad y deben aceptarla». Ellos lo hacen, aceptar nuestra miseria, quiero decir. No en balde, el edificio del ayuntamiento también nos da físicamente la espalda. Igual es genética del urbanismo, vaya usted a saber.

Nos da mucha pena, y mucha rabia, que aquellos quienes tienen el deber de servir se conmuevan únicamente por lo que luzca su decreto. Ellos —no todos—, algunos incluso provenientes del asociacionismo independiente, hoy echan cuentas de los vecinos por número de votos, resolviendo que somos un malestar aceptable. Así, invertir en las zonas más vistosas y confluidas debe ser suficiente consuelo para quienes esperamos en áreas marginales, desde hace décadas, un trato digno. Si pedimos más seguridad, nos dicen que en otros barrios también hay delitos. Si solicitamos luchar contra las ruinas, somos un problema localizado de difícil solución. Si nos unimos a otros colectivos nos buscan el carnet de afiliado. Si somos críticos, hacemos oposición. Si publicitamos nuestras miserias, perjudicamos la imagen del barrio. Si nos mostramos impacientes, somos injustos con sus desvelos. Si no les aplaudimos el detalle, a fuerza seremos desagradecidos. Si acudimos a los medios, nos entregamos al show. Si tiramos de hemeroteca es que vamos a pillar. Si perdimos la fe en sus promesas es porque siempre fuimos ateos. Si reaccionamos cuando se nos chotean en la cara es que nacimos mamporreros. Y si les demostramos con hechos que ellos no tienen razón, callarán siempre.

Así pasan los días, los meses, los años, en esta rueda de hámster que es una condena; donde nuestras declaraciones, nuestras acciones parecen un eco constante y aburrido dentro de una caja de resonancia; donde resulta repetitivo que peleemos sin esperanza por estas calles enjauladas. Donde la noticia ya no debería ser nuestra absurda carrera a ningún sitio, porque la noticia es que ellos jamás se apiadan del puto hámster.