En la nueva España que se alumbra, donde flirtean con lo mejor de cada casa felones, protones, sofistas, eruditos a la violeta, revolucionarios de salón, donjulianes y pesebristas de alto nivel y baja formación, descubrimos, estupefactos, que los últimos de la clase perciben, ahora, las bondades, requiebros y caprichos de la aritmética. Para los que somos de letras, superamos casi con nota que dos más dos son cuatro y, sin dificultad, también asumimos que, en la nueva democracia, ya no gobierna el que gana, sino el que suma. Supimos de la aritmética cuando Arenas ganó en Andalucía y no gobernó, cuando Pachi fue lehendakari gracias a los votos del PP, cuando Cabezas ganó en Badajoz y no fue alcalde y lo fueron Fragoso y Gragera y cuando Guardiola, sin ganar, es presidenta de Extremadura. Efectivamente, la aritmética es contundente, aunque no siempre resuelve. Aritmética es que los 4 diputados extremeños y los 8 castellanomanchegos del Psoe sumen en contra de sus propias regiones para salvar a Sánchezheimer, el destructor de mundos, al doctor Durand Durand con su rayo positrónico, al Sauron de Mordor, en fin, ya saben, el doctor Maligno de Austin Powers. Aritmética es que Cataluña nos deba a todos 71.852 millones de euros y haya quien les quiera perdonar, como si nada, quince mil y, posiblemente regalar otros 450.000 millones de euros, cantidad en la que han fijado en Bélgica, no los belgas, sino el del maletero del coche, la deuda histórica que todos tenemos con ellos. Es aritmética que todo esto lo estén logrando siete diputados de un partido independentista y, supuestamente, golpista bajo la batuta de un fugado de la justicia española, un partido, por cierto, con menos votos en Cataluña que el PP. Aritmética es que España está partida en dos a tenor de los diputados que votaron a S (179) y los que votaron en contra (171). Y a pesar de ello, casi que daríamos por buena toda esta lección de aritmética por correspondencia si no fuera porque lo que rechina, duele, ofende y humilla no son las matemáticas, el diálogo de locos, los consensos de todo a cien y acuerdos insólitos, lo que nos distrae, amenaza y preocupa es el precio por aprobar esa asignatura. Porque no se trata de copiar con una emborronada chuleta escondida en la manga sino entregar un país entero sin dejarle opinar, interpretar a unas urnas que no dijeron lo que dicen que dijeron, imponer cambios de opinión que nos ponen en peligro como nación y levantar un muro de indignidad que ríete tú de Berlín, el de Trump o el cordón sanitario de ZP. Todo este castillo de naipes, el de la aritmética, y las soflamas y argumentarios, todo, se derrumba, por mucho que resistan y traigan miseria y dolor, porque los muros de esta especie están pegados con celofán. Roger Waters le dio a Pink Floyd en 1979 su mítico álbum The Wall, con la no menos mítica Anotherbrick in thewall, otro ladrillo en la pared, esa experiencia personal donde exploró el abandono y la soledad. Quiera Dios o el sentido común o ambos que España impida todos los muros -menos la música de la inolvidable banda-, despierte de esta pesadilla y no entre en el aislamiento, la herrumbre y la chatarra donde una aritmética mal traída ha confundido algo tan sencillo como sumar en algo tan peligroso como dividir.