Cuando éramos pequeños íbamos al colegio de nueve a una y de tres a cinco, se compraban los libros de texto en la Diocesana, jugábamos a fútbol en la Metalúrgica, íbamos al cine los domingos por la tarde en los Maristas y comíamos dulces de Texas, Alba o La Cubana. Cuando éramos pequeños nos sentábamos en Preferencia en El Vivero para ver a Borrego, Bravo, Tienza o Marmesat, el Teatro López de Ayala y el Menacho tenían gallinero, el edificio metálico que ahora está en la Universidad era el mercado de abastos en la Plaza Alta, se cambiaban escudos por pesetas en la puerta de Galerías Preciados y los más mayores se atrevían con las discotecas Careva, Charlot, Fashion o 2992, que solo Dios sabe como nunca ocurrió allí alguna desgracia. Cuando éramos pequeños jugábamos a rescatar, a stop, a policías y ladrones, a los bolis y al pincho, la calle era nuestro hogar, había un ciervo en el parque de la Legión, íbamos a las micromisas de don Apolonio en la Policía, porque la Comisaría estaba en las traseras de la que hoy es la Delegación del Gobierno, justo al lado de la Pajarera y enfrente del cine de verano Santa Marina, nuestros parques eran el infantil, con su Virgen, su cuesta empedrada y su lago artificial, y la boca del lobo y los patos de Castelar. Cuando éramos pequeños teníamos gusanos de seda y comían hojas de los árboles de la calle Cuartel, junto al idem de Menacho y a la Estellesa, a donde llegaban los que venían de Alburquerque, La Codosera, San Vicente de Alcántara y alrededores y la gente de San Roque o San Fernando «venían» a Badajoz, una ciudad donde las calles San Juan, Arias Montano, Soledad o Menacho eran regueros de comercios y bares y comíamos bocadillos de calamares en Los Corales o en el Kiosko de los Martínez en San Francisco. Cuando éramos pequeños se compraba en Simago, tomábamos zarzaparrilla en Los Espumosos, nos veía el médico en Previsión, circulaban los coches y el bus urbano por el puente viejo, había playa y barcas en el Guadiana y el panadero, el lechero, el cobrador de los muertos y el de socio del club deportivo Badajoz seguían viniendo a casa cada mes. Cuando empezamos a ser un poco menos pequeños, bailábamos los fines de semana en el Casino, descubrimos la cerveza en el Kalty o en el Pichi, alucinábamos con los aperitivos del Jerusalén, pasar por delante de los veladores de La Marina era un recital y esperábamos en la puerta a las niñas del Bárbara de la calle del Obispo o de las Josefinas. Mi vida está hecha de recuerdos y de sueños. Los primeros, me alimentan y me radiografían una época feliz donde, con lo poco que teníamos, éramos capaces de disfrutar de una infancia de color en una España en blanco y negro, de una adolescencia sin más refuerzo que las clases particulares de mates y una juventud donde vimos el alto precio de la libertad y la igualdad. Los segundos, nos mantuvieron y mantienen en guardia frente a los changabailes que siempre pretenden arruinarnos la fiesta. Ahora, que somos algo más mayores, me pongo y me vuelvo melancólico, sí, pero, más que eso, rebelde y contestario y revolucionario, tocapelotas y mayor insultador del Reino si es necesario porque ni me rindo, ni se compra ni se vende el poco o mucho futuro que me quede y el pasado, bendito pasado, con los que se fueron o aún están presentes, que me sostiene.