Todos pensamos en la muerte cuando llega noviembre. De forma ritual, tradicional, incluso festiva. Cuando somos pequeños, no existe la muerte, o está demasiado lejos, o nos pasa rozando. Si acaso, se nos va algún abuelo, la abuela que vive en casa, pero no entendemos la trascendencia de su partida. Un día deja de estar y seguimos nuestros caminos. Cuando nos hacemos jóvenes, somos unos campeones, vamos a comernos el mundo, y nos reímos de los mayores cuando lo primero que miran en los periódicos son las esquelas. Y, un buen día, en realidad, un mal día, maduramos, empezamos a asistir a algún entierro que otro y, lo peor de todo: perdemos a alguien a quien queremos, que formaba parte de nuestras vidas y descubrimos la ausencia, el vacío y la pérdida. Ahí es cuando el mundo ha decidido comenzar a devorarnos. Y toman sentido noviembre y los difuntos, y la fiesta se torna en recuerdo, en melancolía, en dolor. Echamos de menos aquello que ya no vamos a recuperar. Se difuminó en las estrellas, se perdió en la oscuridad de nuestras noches donde ya no acuden a consolarnos. Como en la película de Bergman, ‘El séptimo sello’, el caballero en aquella playa inhóspita, le pregunta a la muerte si ha venido a por él y la respuesta le desconcierta: hace ya tiempo que camina a su lado. Cuando se muere una madre, se mueren los cimientos que sostienen el hogar, la familia, el día a día y los sueños que nos hicieron personas. Cuando se muere un padre, se mueren aquellas palabras que nos impartían autoridad desde la flexibilidad que le aportaba la figura de una madre siempre fuerte y en marcha y que también lo sostenía a él. Cuando se muere un hermano o una hermana, se van las confidencias, las peleas infantiles, los descubrimientos y la promesa de estar siempre juntos. Cuando se muere un hijo o una hija, te vas con ellos. Ya no regresas. La muerte de cada uno de ellos nos mata a todos. Cuando faltan, nos faltan los mimbres que permiten construir y ahí nos quedamos, en tierra de nadie, aguardando que un gesto, un sonido, un chasquido, una mirada o un beso nos recuerde a cualquiera o a todos ellos. Porque ya solo eso nos da fuerzas para continuar, como diría el salmista, por este valle de lágrimas donde la filosofía, la experiencia, la religión o la psicología no pueden hacer nada para reconstruir nuestras vidas rotas. Podemos aceptar el hecho de que la muerte es lo único seguro en la vida y que es inevitable. Aunque la deseamos cuanto más lejos y durante más tiempo, mejor. Y justo allí, queremos también a la enfermedad, al dolor, a la soledad y esa extraña sensación, cada vez más evidente, de que todo nuestro mundo se resquebraja. No tengo palabras de consuelo, esencialmente porque tal vez sea yo quien las necesite, y aunque el padre Cesáreo Gabaráin Azurmendi -el de ‘Tú has venido a la orilla…’-, autor de ‘La muerte no es final’, que honra a los caídos por España, alude a la fe y la esperanza, pero tengo edad suficiente y atesoro demasiados testimonios para creer, con dificultad y no siempre con la fortaleza debida. Pero, asimismo, confío, frente a la muerte y el vacío y la ausencia, que en algún lugar del universo o a las afueras, volveremos a reencontrarnos con quienes hicieron de nuestras vidas un proyecto que ha merecido la pena y un luminoso día de verano.