No tengo ni tiempo ni ganas de ilustrar a nadie sobre el asunto de Israel y Palestina, con tantas aristas y matices que temo más a tertulianos y a los que pretenden sentar cátedra al respecto que a los propios terroristas y sus amigos que, por lo visto en las Españas, son capaces hasta de blanquearse para aparecer como lobos con piel de corderos. Mi postura, sin ambigüedades y sustentada en el conocimiento y no en la ideología o, peor aún, en la ignorancia, como tantos, no es equidistante. Yo llamo a los terroristas por su nombre, a las atrocidades las reconozco por sus hechos y las falsedades las detecto como a los malos políticos. He aprendido mucho en España sobre blanquear a terroristas y golpistas o justificar discursos en nombre de no se sabe qué paz ni qué diálogo ni qué futuro cuando los de siempre, los de las bombas, sean reales o verbales, ni quieren paz ni diálogo ni futuro. Como en Oriente Medio. Como en Ucrania. Como en Taiwán. Como en tantos lugares del mundo donde, cuando no son las armas, son las ideologías y cuando ambas tampoco sirven, que casi siempre sirven, metemos a la religión. La guerra santa, la sharía con toda su contundencia y los latigazos a Ronaldo que, por desmentidos, no deja de ser surrealista que la Embajada de Irán, al decir que ellos no hacen esas cosas (permítaseme la duda) saque a pasear al amado pueblo palestino al que utilizan para sus propósitos importándoles un pimiento cómo acabarán sus amados hermanos a los que, por cierto, tenemos que mantener desde la UE. El caso es que, en medio de todo este maremágnum, que los analistas identifican como un ataque de celos iraní porque la atención internacional lleva demasiado tiempo en la pandemia y, después, en la guerra de Ucrania (volvemos de nuevo a la ausencia de preocupaciones reales por el pueblo palestino), siempre salen los espontáneos que no sabemos si suben o bajan, pero, aprovechando el ruido, hacen sonar sus trompetas. Como esas izquierdas, incapaces de condenar las barbaridades machistas u homófobas (en Israel dos personas del mismo sexo se pueden besar; en Gaza, no) pero denunciando la legítima defensa de un país a defenderse de ataques terroristas. O, sin querer echar demasiada leña al fuego, las recientes declaraciones, en este periódico y en otros medios, del imán de Badajoz, palestino, por cierto, que, mezclado Ucrania con Palestina y sacando a pasear la “opresión” a la que están sometidos desde hace 75 años y, aunque deja claro que no quiere que se relacione a Hamás con Palestina, no me queda tranquilo porque, en general, sus palabras, no sé si dicen una cosa o la contraria o, aprovecha el revuelo, para hablar de los derechos palestinos y de las agresiones israelíes y, en fin, “nosotros reclamamos el derecho a vivir, pero no nos dejan vivir”. ¿Se refiere a Israel? ¿Acaso el ataque terrorista indiscriminado sobre la población civil se justifica porque ellos lo han hecho muchas veces o una vez o es que estamos hartos de tanto sufrimiento y había que responder? Al final, la falta de claridad genera confusión y afloran demasiados Maduros en el mundo que, anclados en la oscuridad de los tiempos, interpretan a la carta cuanto ocurre y acaban nacionalizando palestino a Jesucristo y echándole la culpa de su crucifixión a los españoles. Podría dar risa, pero, en realidad, da pena, porque la locura perdura y la lista de muertos aumenta.