El ruido del mundo nos ha convertido en siervos. El ruido provocado por opinadores desatados. Toda esa chatarra mediática lista para arropar a los tiranos, a los que dominan los conciliábulos, a los que se creen dueños de la verdad con el único propósito de someter a las mayorías, a los que no deciden, a los que no tienen altavoz, a los que pagan las facturas de los que escriben anodinos argumentarios y circulan por la vida en coche oficial. El ruido de infames rotativas, de ruines señales horarias, de las mentiras almibaradas, de los discursos que cambian de sentido, los vocingleros del poder que pervierten el lenguaje y te hacen progresista si estás con ellos y fascista si osas discrepar. España es un país en descomposición, en manos de un fugado de la Justicia, al amparo de quienes nos obligan, bajo sanciones y castigos, a proteger a nuestros animales domésticos, pero son incapaces de proteger la historia, la convivencia y nuestros bolsillos. El ruido para tapar escándalos, para silenciar disparates, para divertirnos mientras perecemos. El ruido no solo para que se perdonen delitos sino, peor aún, para que aceptemos que nunca se cometieron. Por la conciliación, dicen, mientras los agresores insisten una y otra vez que no se arrepienten y que volverán a hacerlo. El ruido para adormecernos y aceptar lo inasumible y defender lo condenable. Tanto nos enseñó Maquiavelo en ‘El Príncipe’. Por ejemplo, que la política no tiene relación con la moral; que la promesa dada fue una necesidad del pasado y la palabra rota es una necesidad del presente; que no hay interés en preservar el estatus quo, sino en derrocarlo. Y, por supuesto, que el fin justifica los medios y que el que engaña encontrará siempre quien se deja engañar. Mientras nos asfixian los precios de la cesta de la compra, la vuelta al cole, el combustible o las hipotecas, los sueldos siguen estancados, los fijos discontinuos ocultan parados, el personal se divierte con los wyoming de turno, Cáceres y Badajoz siguen sin autovía y el tren de alta velocidad llegará a Extremadura cuando las ranas vayan con cantimplora, uno dice que le debemos 450.000 millones de euros y otro que está dispuesto a dárselo con nuestro dinero. Amigo de Montaigne, a mediados del siglo XVI, Étienne de La Boétie publicó su ‘Discurso de la servidumbre voluntaria’ donde el joven consejero en los tribunales de Burdeos se preguntaba sobre la perversidad del tirano y la sumisión voluntaria de aquellos que le permiten ejercer su tiranía. «Es el pueblo, escribe, el que se subyuga, el que se degüella, el que pudiendo elegir entre ser siervo o ser libre abandona su independencia y se unce al yugo». Y continúa: «¿De dónde ha sacado tantos ojos con que espiaros, si no se los dais vosotros? ¿Qué podría haceros si no encubrieseis al ladrón que os saquea, si no fueseis cómplices del asesino que os mata y traidores a vosotros mismos?» Olvidan quienes desean ser siervos que en esta España casi descuartizada, libertad e igualdad van de la mano y lo único que nos queda es rebelarnos contra quienes desean someternos y robarnos la libertad que nos permita ser iguales.