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El Periódico Extremadura

Fernando Valdés

Dinastía (VII)

Las duras represiones ejercidas por el emir al-Hakam I dieron como resultado un cierto período de calma tensa y un larvado descontento. La venganza de los intelectuales se reflejó en el silencio sobre sus obras. Su hijo y sucesor, Abd al-Rahman II, tenía una personalidad refinada e intelectual y dio un paso más en el fortalecimiento de la dinastía omeya. Se comenzaron a imitar sin disimulo las obras de sus enemigos abbasíes y Al-Ándalus vivió un período de orientalización aguda en prácticamente todas las facetas de la vida oficial. Los monarcas cordobeses comenzaban a tener maneras, pero todavía les faltaba camino por recorrer antes de llegar al califato.

Pero no todo era calma. Las oligarquías indígenas ya se hallaban en franca rebeldía. Especialmente en las dos antiguas capitales del reino visigodo: Marida y Tulaytula. La segunda había sido la cabeza política. La primera unía a su antiguo prestigio administrativo el hecho de haber custodiado las reliquias de la mártir Eulalia. Ninguna de estas dos circunstancias se mantenía, pero sin duda conservaba retazos de aquella pasada grandeza y, por encima de todo, era el punto neurálgico de una aristocracia terrateniente, ya convertida al islam, que mantenía aspiraciones autonomistas. Y se amparaba en una situación estratégica excepcional: una imponente muralla urbana y un puente fortificado sobre el anchuroso Guadiana – más caudaloso que ahora -. Cuando las rebeliones comenzaron, a los maridíes no les costaba mucho encerrarse en un recinto bien abastecido de agua e impedir la travesía del puente. Las tropas cordobesas enviadas a reprimir motines y sublevaciones no podían ser muy numerosas y siempre resultaban impotentes. No era fácil, ni barato, estar organizando constantes expediciones de castigo, que requerían una logística muy complicada. No quedaba otra que negociar con los sublevados y, aunque estos acababan por someterse, siempre arrancaban alguna concesión. Naturalmente Córdoba las incumplía. No podía hacer otra cosa. Y vuelta a empezar. En Tulaytula las circunstancias eran parecidas. Esta vez el obstáculo era el profundo Tajo y unas defensas de origen romano bastante bien documentadas por los trabajos arqueológicos.

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